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No vinieron a encajar... Niñas y niños intensos, sensibles y "raros" en un mundo que insiste en normalizarlos

Hay niñas y niños que hacen demasiadas preguntas, que no soportan ciertos olores o sonido, que sienten profundamente las emociones de quienes los rodean, que se aburren rápido, que parecen vivir pensando, observando y sintiendo todo con una intensidad difícil de explicar.


Niños que muchas veces terminan siendo llamados o etiquetados como “intensos”, “difíciles”, “problemáticos”, “rebeldes” o incluso “raros”.


Y detrás de muchos de ellos, existe una madre preocupada y agotada, intentando entender qué está pasando; porque en el fondo ella intuye que su hijo no es igual… pero también sabe algo todavía más doloroso: el mundo parece empeñado en apagar aquello que lo hace diferente.



Durante los últimos dos siglos, la  sociedad ha intentado que todos los niños aprendan igual, sientan igual y encajen dentro de sistemas diseñados para la homogeneidad.


Pero muchas niñas y niños simplemente no vinieron a encajar.


Hay niños que cuestionan todo, que sienten demasiado, que se frustran fácilmente, que no soportan permanecer quietos, que parecen vivir en otro mundo, que necesitan comprender antes de obedecer…


Y muchas veces el problema no es el niño, es el entorno.


Muchas niñas y niños han crecido escuchando que son:

Demasiado sensibles.

Demasiado intensos.

Demasiado inquietos.

Demasiado emocionales.

Demasiado diferentes…

Y quizá el problema nunca fue que sintieran o pensaran demasiado… sino que el mundo todavía no sabe cómo comprenderlos.

Afortunadamente, cada vez más familias comienzan a descubrir que detrás de muchos de esos niños existen perfiles de Altas Capacidades Intelectuales (AACC), neurodivergencias, doble o multiexcepcionalidad. Hay niños y adolescentes con cerebros profundamente complejos que no siempre logran adaptarse a sistemas rígidos, acelerados o emocionalmente desconectados.


Las altas capacidades no representan únicamente inteligencia sobresaliente o excelencia académica. La psicóloga estadounidense Linda Silverman describe a muchos niños altamente capaces como personas con una manera intensificada de pensar, sentir y experimentar el mundo.


En muchos casos, las altas capacidades vienen acompañadas de sensibilidad emocional profunda, pensamiento divergente, creatividad, hipersensibilidad sensorial, asincronías de desarrollo y una necesidad constante de significado, autenticidad y comprensión. El psiquiatra y psicólogo polaco Kazimierz Dabrowski explicó hace décadas que muchos niños altamente sensibles e intelectualmente intensos experimentan lo que llamó “sobreexcitabilidades”: una manera más profunda y amplificada de percibir las emociones, los estímulos, las ideas,  el mundo que los rodea; es decir, la realidad misma.


Por eso algunos niños con altas capacidades no sólo aprenden diferente, también sienten diferente.



Y precisamente por eso muchos terminan agotados dentro de entornos donde constantemente se les pide bajar la intensidad, dejar de preguntar o aprender exactamente igual que todos los demás:


¡Porque intentar encajar constantemente tiene un costo emocional enorme!

Muchos niños comienzan a esconder quiénes son para sobrevivir socialmente


Aprenden a disminuir su curiosidad, guardar silencio, ocultar su sensibilidad, aparentar normalidad y apagar lentamente partes de sí mismos para evitar rechazo, críticas, burlas o incomodidad.


Algunos dejan de hacer preguntas para no incomodar a los adultos, otros aprenden a ocultar sus sensibilidades para ser aceptados, o comienzan a desconectarse emocionalmente de quienes realmente son.


En psicología este fenómeno comienza a ser reconocido como “masking” o camuflaje: un mecanismo mediante el cual niños neurodivergentes o altamente sensibles reprimen conductas naturales, disminuyen su intensidad emocional y ocultan partes de su personalidad para sentirse aceptados. Incluso,  diversos especialistas han observado que particularmente las niñas neurodivergentes o altamente capaces suelen desarrollar con mayor frecuencia mecanismos de adaptación social.


Desde edades muy tempranas ellas aprenden a observar, adaptarse y ocultar partes de sí mismas para sentirse aceptadas. Tristemente muchas de ellas minimizan su inteligencia, creatividad, esconder su intensidad emocional o intentan parecer “normales” para evitar rechazo, críticas, aislamiento social.


Si bien, por fuera parecen adaptadas, internamente muchas viven agotadas de sostener una versión de sí mismas que no siempre refleja quiénes realmente son.


Y quizá esa sea una de las tragedias silenciosas más profundas de nuestra sociedad: niñas (pero también niños) profundamente sensibles creciendo convencidas que “hay algo malo en ellas (o en ellos).


Niñas y niños que poco a poco dejan de confiar en su intuición, en su sensibilidad y en su propia manera de percibir el mundo.


Lo más doloroso es que muchas veces esto ocurre frente a adultos bien intencionados que simplemente no se encuentran preparados para comprender la neurodivergencia:


  • Padres agotados.

  • Maestros saturados.

  • Especialistas con diagnósticos fragmentados.

  • Sistemas educativos incapaces de adaptarse a la diversidad humana.


Y durante años yo también me pregunté ¿cuántos niños crecían creyendo que eran el

problema?, cuando en realidad solamente necesitaban ser amados y comprendidos por su familias, pero sobre todo, aceptados por ellos mismos.


No se trata de crear niños perfectos;  se trata de criar seres humanos emocionalmente sanos…

Quizá una de las mayores responsabilidades que tenemos como adultos no es enseñarles únicamente a encajar en el mundo… sino asegurarnos de que no pierdan su luz intentando hacerlo.


Porque tal vez estas niñas y niños no vinieron a adaptarse silenciosamente a sistemas

rígidos, tal vez ¡vinieron a transformarlos!


Durante décadas, la ciencia intentó comprender la inteligencia humana principalmente

a través del rendimiento académico; las pruebas cognitivas, coeficiente intelectual  y la capacidad de adaptación a los sistemas tradicionales.


En 1921, el psicólogo estadounidense Lewis Madison Terman inició uno de los estudios más importantes sobre niños con altas capacidades, siguiendo durante más de siete décadas a más de 1,500 niños altamente inteligentes conocidos, como “Los Termitas”.  Su investigación ayudó a derribar el mito de que los niños altamente capaces eran necesariamente inadaptados o emocionalmente inestables.


Con el paso del tiempo también quedó claro que la inteligencia humana no podía reducirse únicamente a un coeficiente intelectual, porque muchos niños no sólo piensan diferente, también sienten diferente, procesan diferente y perciben diferente:


Y viven el mundo con una intensidad emocional y sensorial que muchas veces no logra ser comprendida por sistemas educativos diseñados para la homogeneidad.

Tal vez por eso, cada vez más familias comienzan a cuestionar si todos los niños realmente necesitan aprender de la misma manera, al mismo ritmo o dentro de los mismos entornos.


Y ahí es donde la verdadera esencia de la educación en casa o “educación alternativa” comienza a abrir conversaciones profundamente necesarias: no como una moda, no como una postura de superioridad, ni mucho menos como solución universal.


Si bien la educación en casa no es apta para todos, para algunos niños representa algo mucho más fundamental: ¡su Libertad! (tanto presente, como futura)


La libertad de aprender sin apagar la curiosidad.

La libertad de respetar ritmos neurológicos y emocionales.

La libertad de profundizar en los intereses naturales del niño.

La libertad de cuidar la salud mental, la sensibilidad y la autenticidad.


En mi experiencia, y después de escuchar a decenas de madres de distintos países, he

confirmado que los altas capacidades florecen cuando menos barreras existen;  que los limiten, como sucede con la presión social, lo cual les permite desarrollarse de forma más segura, flexible y con un profundo sentimiento humano. Porque quizá no sabemos como medir la inteligencia.


Tal vez el problema fundamental de todo esto radica en el hecho de incomprender que detrás de todo ello no somos más que simples personas, simples humanos, y por tanto, no podemos asistir a alguna hipotética perfección…


Y quizá esa es una de las conversaciones más importantes que tenemos pendientes

como sociedad, no sólo de como desarrollar o potenciar el talento, sino de la manera de cómo proteger la sensibilidad, la autenticidad y la salud emocional de quienes perciben el mundo de manera distinta.


Tal vez algunas niñas o niños nunca estuvieron rotos… sólo crecieron en una oscuridad que no entendió que la luz es guía.




Iraís Cruz S.

 
 
 

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